BALLENAS DE MERCADILLO

Por Deathqueta

Era una fría noche de invierno cuando me di cuenta de lo que no quería ser de mayor y por favor si alguien dentro de 20 o 30 años me ve convertida en eso aseguraros de que mi cuerpo apaleado repose en lo mas profundo del Manzanares junto con todas estas adolescentes desaparecidas tan de moda ahora.

Bueno al grano. Hace unas cuantas noches tuve el placer (o no) de asistir a un guateque muy bien montado. Había muchos señores mayores, feos, fuertes y formales, hablando de cosas serias y aburridas, tocaban los grandes del pop español La Oreja de Van Gogh que se trajeron de casa su séquito de ineptos pero que al fin y al cabo animaban bastante el cotarro. Y ahí estábamos nosotros, como buenos outsiders, comiendo y bebiendo a dos manos, sentados en un sofá, en silencio mirando el percal mientras masticábamos ininterrumpidamente cosas demasiado sibaritas para nuestros panchos paladares. En una de esas apareció José María Gutiérrez Hernández, para los amigos Guti, acompañado por las tetas de su novia.

De repente, en lo que dura un pestañeo el sitio se llenó de gente fea y absurda (funcionarios del Estado) que se empujaba para hacerse fotos en el photocall para luego twitearlas y creerse alguien. Pero esa pobre gente no es del todo dañina para la sociedad, inútiles tiene que haber en todas partes. Yo me refiero a otro prototipo mucho más venenoso y tristón a la vez, un prototipo de mujer que a mi me fascina y me repele a la vez, las exterminaría sin dudarlo pero en el fondo me encanta observarlas.

Estoy hablando de la cincuentonas que no asumen que son cincuentonas, recientemente divorciadas, que se han gastado la mitad del dinero del divorcio en botox y en bolsos con los logos más tochos, suelen conducir un cochazo pero siempre intentan que se les vea la ropa interior al bajarse en la puerta de Gabanna, se ponen vestidos que ni yo me atrevo, todas las joyas de dudoso gusto que han podido almacenar durante su larga y hortera existencia y suelen dejar un rastro de perfume dulzón que se te mete hasta las entrañas.

Son esas señoras que siguen yendo al cuarto de baño en grupo, organizan noches de chicas dos veces por semana, siguen brindando “por la mujeres que derrochan simpatía” y su tema de conversación favorito es que los hombres piensan con el pene. Existe todo un lobby de estas mujeres-tuenti, que organizan sesiones de Tupper Sex en sus chalets de Boadilla del Monte los fines de semana que a las niñas les toca con su padre y que sobre todo se animan mutuamente a seguir siendo lo que son. Suelen intentar ligar con los señores de su edad pero normalmente acaban sujetándose el pelo las unas a las otras mientras vomitan los 5 o 6 cócteles de colores que han ingerido en el nuevo local de moda en la Castellana. Menudas son.

Señoras que aquella noche se dedicaron a ir detrás de Guti, con la cámara del móvil activada y deleitándonos a todos con escotes imposibles y hombros coquetamente descubiertos.

Amigas Guti tiene a su lado a una tia de 25 años (reales) con unas piernas esculpidas por cinceles divinos, por el amor de Dios, taparos. La juventud, queridas, es una gran etapa, sin duda, pero llegar a los 50 y darte cuenta de que actúas igual que con 20 tiene que ser algo bastante frustrante y muy jodido. Sobre todo porque no engañáis a nadie con toda esa parafernalia de lujo rancio y menopáusico absolutamente desfasado que os montáis a vuestro alrededor.

Supongo que es muy comodo juzgarlas desde mis tiernos y (aún) granudos 19 y que no debe ser facil levantarte un día y darte cuenta de que ya no eres un pinpin ignorante que revolotea inocentemente por la vida, pero espero tener la suficiente dignidad para seguir cacahueteando por ahí sin necesidad de creerme alguien que no soy. No voy a dar una charla sobre las ventajas de la madurez, porque no sabría por donde cogerlo y acabaría cayendo en clichés y tópicos como “la arruga es bella, pero la experiencia lo es aun más”. Todo eso es basura, pero inyectarte veneno de serpiente en la frente no creo que sea la solución.

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