ANÉCDOTA NOCTURNA #2

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Fueron, pues, desatados los cuatro angeles, los cuales estaban prontos para la hora, el dia, el mes y el año en que debian matar la tercera parte de los hombres … Y por estos tres azotes fue muerta la tercera parte de los hombres el fuego, el humo, y el azufre que salia de sus bocas.

Apocalipsis 9:2-18

Por Deathqueta

Seguramente os habréis preguntado en algún momento, a lo largo de vuestra corta e inexperta vida, cual es la forma más eficaz de sembrar el caos en una universidad desierta a las 7 de la mañana después de una noche infernal. Si no se os ha ocurrido nunca es que tenéis que visualizar “Colega Donde Está Mi Coche” un par de veces más. Pues bien, el oráculo de la sabiduría callejera (nosotros) os ofrece un pequeño manuscrito en forma de relato sobre las pautas básicas para cometer tal fechoría.

Eran las 7 u 8 de la mañana y dábamos por terminada una noche de aventuras insuperable salpicada de pequeñas historias para recordar si las ingentes cantidades de licor nos lo permitieran. Estaba amaneciendo y nosotros, dos tiernos y bisoños muchachos de capital, nos dirigíamos con gran júbilo a dormirla. Pero, cosas de la vida, que en el paseo nos cruzamos con el edificio señorial de la Universidad Pontificia de Comillas, ICADE para los amigos y El ICADE para el resto de la población de la Iberia profunda. El porcentaje de veneno en sangre aún era demasiado alto como para poder evitar una discreta (por lo menos al principio) intrusión en el edificio. Solo nos bastó un cruce de miradas y ya estábamos dentro, con cara de indiferencia e intentando andar en línea recta, previamente nos habíamos atusado los cabellos y olido nuestros culos a ver si no apestábamos demasiado a destilería. Nos trazamos un plan no muy sólido: primero catar el terreno, saber a que nos enfrentábamos, segundo capilla, tercero cafetería/biblioteca.

Era perfecto, para nuestra mentes destructoras éramos como Los Cinco en versión oscura (y siendo la mitad del equipo más o menos), éramos el terror de las monjas, llevábamos tirachinas y tatuajes carcelarios, éramos esos de los que las madres alejan a sus hijos, éramos el mal, la destrucción, el Génesis y el Apocalipsis, el principio y el fin de todo. Así que cogimos el primer pasillo que vimos y fuimos tirando. No había un alma, las baldosas azules retumbaban a nuestro paso (luego descubrimos que las venden como souvenir para que las madres de provincia puedan presumir de que sus hijas han estudiado en el ICADE y son niñas “de bien”, también hacen gemelos para los chicos, pregunten en secretaría). Íbamos entrando y saliendo de las clases, insultando de vez en cuando a los alumnos invisibles. Poco a poco la moral de la patrulla se fue minando, nuestro plan fracasaba, el objetivo era encontrar algún ser viviente por los pasillos que nos amenizara el tema, buscábamos provincianas de primer curso vestidas en tonos pastel, estudiando fuerte para poder salir del pueblo y por lo menos llegar a trabajar en algun despacho de capital de provincia o simplemente a señores feudales de cuarto curso haciendo la visita al sagrario, todo era posible y todo era bienvenido pero ahí no pasaba nada, solo era una universidad recién abierta un sábado por la mañana. Subíamos y bajábamos pisos, las baldosas azules empezaban a hacer estragos en nuestras retinas, el agua escaseaba y el veneno en sangre también. Sentíamos que era el fin y encomendamos nuestros miserables cuerpos a Dios, le pedimos una señal, un clavo ardiendo al que aferrarnos. Y apareció: CAPILLA.

Sentimos que la gracia divina inundaba nuestros corazones y nos adentramos. Para empezar eso no es una capilla, una capilla es pequeña y recogida, eso es una especie de catedral venida a menos con frescos renancentistas en el techo y querubines de pan de oro en las molduras.

Pero es bien, pretendiendo ser gloriosa con ese toque hortera tan español, pero bueno pasable, nos era suficiente, tenía pasillos por los que correr y un altar suficientemente extenso como para que mi compañero (no desvelaré su identidad para evitar futuros altercados con la justicia si este manuscrito llega a manos de quien no debe ser nombrado) pudiera hacer su ya conocida representación de Jesucristo reencarnado (lo hace todas las noches, cuando cae el sol y se bebe el primer whisky). Estuvimos cacahueteado un rato por ahí, viendo que hay dentro de los confesionarios y todo eso que se hace cuando asaltas una iglesia. Pero yo, que me considero el ejemplo perfecto de persona pusilanimente gallina empecé a temer la ira de Dios y su rayo de electricidad divina, estábamos blasfemando todo aquello que las monjas me habían metido en la cabeza desde que tengo uso de razón y temí por nuestras vidas, temí escuchar cacofonías y ver a demonios en mis sueños así que cogí a Jesuschrist 2.0 y salimos de ahí pitando. Cuando digo pitando es corriendo, cagando petardos de ahí.

Seguimos pululando un rato más, estuvimos en el patio donde los señores de 50 años encerrados en el cuerpo de jóvenes guapetones intercambian opiniones sobre cosas que no me interesan ahora mismo. Y  así hasta que decidimos ir a por el segundo punto del día: CAFETERÍA/BIBLIOTECA. Queríamos carne fresca y vulnerable.

La cafetería es una puta mierda, así, tal cual. No quisimos ni sentarnos, ni siquiera pedir algo para reponer fuerzas, que cosa mas gris y aburrida. Así que preguntamos por la biblioteca y nos mandaron a donde dio la vuelta el aire. Y allá que fuimos, con una fuerza renovada, volvíamos a ser el Génesis y el Apocalipsis.

Subimos y bajamos como 200 pisos hasta que nos cruzamos con un jovencito muy simpático que nos preguntó si también veníamos a hacer fotocopias (detalle: yo llevaba un taco de hojas que había mangado de algún pasillo, eran inscripciones o folletos para algo aburrido y sin importancia) Obviamente nosotros también íbamos a hacer fotocopias a las 7 de la mañana de un sábado porque nuestros padres son primos hermanos y tenemos algún tipo de retraso mental, como aquel muchacho (al que saludo desde aquí y le doy las gracias por su amabilidad a la hora de acogernos y hacernos sentir parte de su desgraciada vida). Pero el momento grandioso, en el que nos cubrimos de gloria y gracias al cual pudimos salir de ahí con dignidad y la cabeza bien alta fue cuando mi colega soltó LA frase: “es que estamos un poco perdidos porque somos nuevos. Venimos de Murcia con la beca Séneca y  ya sabes… Esto es muy grande”. Yo no sabía si descojonarme o poner cara de murciana marrana y seguirle el rollo.  El joven se compadeció de nosotros y supongo que dijo algo que si os soy sincera no me acuerdo. Pero vamos, no se se le dice nada relevante a un par de murcianos recién llegados a Madrid que buscan una maquina fotocopiadora un sábado por la mañana.

Seguimos en nuestra búsqueda de la biblioteca y nos cruzamos con un alegre agente de seguridad que nos dijo que faltaban 15 minutos para que la abrieran. Y entonces llegó el momento en el que todo héroe sabe cuando su aventura ha tocado fin. Estábamos lo bastante lúcidos como para saber que no íbamos a quitarnos 15 minutos de sobación para esperar a que abrieran esa mierda en la que como mucho estaría nuestro amigo El Gris.

Salimos de ahí orgullosos y satisfechos de nuestra hazaña, habíamos quebrantado la inquebrantabilidad de la universidad. Con motivo de la celebración lancé los folletos por el aire  y nos ganamos la última mirada juzgadora de un cincuentón que aparcaba por ahí.

Y con esta experiencia vital en nuestros corazones nos fuimos a la cama a reposar los cuerpos del delito. Al día siguiente (el mismo día por la tarde) el sol brillaba con más fuerza y los pájaros cataban alegres melodías vespertinas. Gracias a nosotros, el mundo es un lugar un poco mejor donde vivir.

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