LAS FEMINISTAS SON ESCORIA

carmele

Deathqueta

El otro día pillé de la biblioteca de mi casa un libro titulado “Malas: rivalidad y complicidad entre las mujeres”. No estoy segura quien de mi familia ha comprado semejante obra maestra pero me lo empecé a leer por curiosidad y tuve que dejarlo. Lejos de reforzar el espíritu de fémina fuerte que en mi habita, consiguió convencerme de que cada vez damos más pereza.

El libro en cuestión está escrito por Carmen Alborch, es valenciana y a parte de literata y más cosas, fue ministra de cultura del 93 al 96. Es ese tipo de señora mayor que personalmente me da mucha pereza por la manera tan sumamente intensa que tiene de ver las cosas. De hecho se pasa 310 páginas disertando sobre el odio que se profesan las mujeres entre ellas, la supuesta rivalidad que existe y toda esa mierda que se ha dicho siempre tipo “las chicas se visten para las chicas y no para los chicos” pero con palabras adultas.
El problema es cuando Mamén se empieza a venir arriba en sus divagaciones sobre los conflictos internos de las mujeres, que son muchos, y comienza a envenenar al sexo opuesto

siempre que digo/escribo "sexo opuesto", no lo hago mucho, me acuerdo de la serie que protagonizaba Ana Obregón: Ana y el sexo debil, era tan buena como Ana y los siete. Me pregunto hasta que punto llegara el egocentrismo de esta mujer para tener que poner su nombre delante de cualquier título
Siempre que digo/escribo “sexo opuesto”, no lo hago mucho, me acuerdo de la serie que protagonizaba Ana Obregón: Ana y el sexo debil, era tan buena como Ana y los Siete. Me pregunto hasta que punto llegara el egocentrismo de esta mujer para tener que poner su nombre delante de cualquier título

Repito que no me lo he leído entero porque es un coñazo que no me va a aportar nada, pero he catado lo suficiente. Para empezar, en el primer capitulo, un pequeño párrafo que ilustra muy bien la agresividad y la furia con que está escrito este libro:

[…]¿Dónde se nos coloca? Si partimos de la jerarquía y centralidad de los hombres, las mujeres estamos en periferia; lo masculino, la masculinidad, es la norma,el referente, lo universal. Todas las relaciones están configuradas–si somos aceptadas, queridas– desde la supremacía de los hombres. Se espera de ellas que sean femeninas, simpáticas, atentas sumisas, discretas, por no decir invisibles. Su destino consiste en agradar y complacer. Tal es el resumen: ellos nos quieren hermosas y alegres y nos llaman frívolas. Nos piden sumisión y complacencia, y así, nos tildan de inferiores y débiles.

Ligerito. Veamos, cuando leí lo de que ellos nos quieren dulces y complacientes me acordé de que mi madre siempre me ha dicho que jamás me casaré porque no soy delicada como una flor. Pero bueno, creo que mi madre tiene los mismos conflictos que Mamén. De todas formas, resulta evidente que esta forma de pensar esta completamente trasnochada. Me atrevería a decir que pocas tías entradas en la treintena piensan así. De hecho Carmen Alborch nació en el 47, con lo cual si mis cálculos no fallan carga con 66 primaveras a sus espaldas, demasiado como para poder permitirse hablar de machismos y feminismos. La sociedad en la que le educaron no tiene nada que ver con la sociedad a la que ha ido a parar. Puedo suponer que fue una niña criada en un entorno muy ‘tradicional’ que le costó sacarse la carrera de derecho, que tuvo que lidiar con las miradas altivas de sus compañeros hombres, que dedicándose a la política tuvo que competir duro y luchar para hacerse un hueco y toda esa mierda que en el fondo tenemos que hacer todos para llegar a ser alguien en la vida. Pero ya no estamos en el 73 donde las mujeres esperaban con el estofado de carne en el horno a que sus maridos regresaran de la oficina. Ya no hay motivo para odiar a los hombres. Vale, los hay que siguen zurrando a sus novias pero de esos va a haber siempre. Ya no es lícito decir que “los hombres nos piden sumisión”. Por el amor de dios, reacciona y mira a tu al rededor, pocos tíos nacidos en las últimas tres décadas exigen sumisión.

Otro párrafo:

Sigue actuando, socavándonos, el prejuicio según el cual cada mujer es intercambiable por otra, reemplazable. Una complicación más. Somos percibidas como un estereotipo, como un modelo andante prefigurado que poco tiene que ver con nosotras; se nos atribuyen características de género y cualquier cosa es adjudicada a todas ‘la mujer es…’ ‘las mujeres son…’ Estamos en el mundo para cumplir una funciones establecidas, y para ello debemos estar disponibles, ser sustituibles, reemplazables, seres para los otros sin personalidad individual.

😦 No se a que tipo de colegio extremo-franquista fue la pobre de pequeña pero le han jodido la vida. Me encanta que se refiera a los tíos como “los que nos socavan” como si fueran una especie de secta conspiratoria creada para erradicar de la faz de la tierra a todo lo que tenga tetas.

De hecho hay otra frase que me gusta aún más: “el patriarcado de coerción está todavía vigente”. El puto patriarcado de coerción. Me imagino una peli en los que unos aliens rodeados de conejitas Play Boy del espacio quieren invadir la tierra. No se al resto de féminas, pero a mi me apetecería mazo formar parte de ese grupo selecto de penes poderosos con facultades destructivas.

Maldición! El patriarcado de coerción ya esta aquí!

¿ Porqué nosotras no podemos enfadarnos? De nuevo la bipolaridad y junto a ella la ridiculización. El enfado puede ser, muchas veces lo es, razonable y motivado.

Yo me enfado mucho, sin sentirme culpable por ello. No creo que nadie nos coarte el derecho a quejarnos, a no ser que seas Regina George y montes pollos insufribles porque tu rollo serio está jugando al fútbol y no te contesta por whatsapp. Pero tu  no cuentas.

regina

Bueno, frases espeluznantes como esas adornan todo el libro, es un pozo sin fin de absurdeces y de complejos pasados de moda. Ahora me acuerdo de una noticia que salió hace poco de un sindicato feministas que se quejaba de que los tíos ocupan mucho espacio cuando se sientan en el metro.

Hemos llegado a un punto tal que me dan ganas de dejar la carrera y aprender a coser para que no me incluyan en esta filosofía extraña y sinsentido. Una de las virtudes de nuestra era es que la mujer ha conseguido unos derechos que antes no tenía pero el gran fallo de la mujer moderna es que la esta cagando a tope, le han dado la mano y a cogido el brazo. Pero lo curioso es que las que se quejan son señoras de mediana edad que han visto un rayo de luz por el que colarse y por el que escupir todos los complejos con los que han crecido y que hoy en día no tienen sentido. Para ellas poder escribir libros como este es como una especie de redención y un homenaje a sus madres y abuelas que han muerto sin poder disfrutar de la libertad. Joder, pero es que ya no se habla de libertad, gritar a los cuatro vientos que la mujer es libre es como decir que los perros mean de pie, es un hecho cualquiera que nadie se plantea diariamente. A mi me gusta que me abran la puerta y me acompañen a por taxis y no por ello sientome inferior, seguramente porque ni lo pienso.

El resto del libro son un puñado de argumentos flojos sobre porque las mujeres nos odiamos entre nosotras. Las mujeres nos hemos odiado y nos odiaremos siempre porque somos la puta competencia, pero eso está muy asumido por todas y aún así seguimos relacionándonos entre nosotras y siendo incluso amigas. Pero creo que deberías plantearte vaciarte de odio, tu, Carmina, no es bueno, odias demasiadas cosas, odias a los hombres y a la mujeres y eso tiene que cansar mazo.

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