QUÉ PEDO CON LOS CONCIERTOS

Después de mi artículo del otro día he seguido pensando sobre los conciertos y las reglas no-escritas que debemos seguir los espectadores.

Como cualquier espacio público, el concierto no está sometido a unas reglas estrictas y precisas, pero para mucha gente es necesario algún tipo de marco ético/moral/de sentido común en el que movernos para poder disfrutar todos.

Es un espacio público como puede ser un parque, por ejemplo.

Se aplican las leyes normales (no puedes asesinar a alguien o robar carteras) pero realmente no hay nada (o muy poco) escrito sobre cómo disfrutar de ese parque.

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Es una cuestión de conceptos más nebulosos como etiqueta o modales: todos los entendemos de forma ligeramente distinta.

Hace poco Pitchfork sacó un artículo sobre el problema de hacer fotos en los conciertos y cómo no ayudaban a retener los recuerdos de esa experiencia. Durante el texto abundan los links a otros artículos que reglamentan el comportamiento durante los conciertos y la discusión de base es esencialmente ‘qué podemos y qué no podemos hacer un concierto’.

Uno de esos links es un decálogo de Rolling Stone en el que, lisa y llanamente, establece 10 cosas que no se deben hacer en un concierto.

Según el autor se prohibe hablar, hacer fotos, mirar el móvil, gritar canciones, intentar abrirse paso hasta la primera fila, emborracharse, quejarse al acabar el concierto, grabar y finalmente, decirle a la gente que se siente: irónicamente, al autor que prohibe todo tipo de comportamientos le molesta que otros den órdenes a desconocidos.

Creo que es hora de tomar un minuto de nuestras ocupadas agendas y sentarnos a pensar sobre qué coño se puede y no se puede hacer en un concierto y más allá: por qué es un concierto, un lugar de ocio, diversión y descontrol, fruto de más prohibiciones que una discoteca cristiana para menores.

Volviendo a la analogía chunga del parque, todos tenemos nuestras actividades favoritas o preferencias: a lo mejor te mola correr durante horas o sentarte a leer bajo un árbol. Es un entorno molón en el que no hay nada escrito sobre cómo disfrutarlo.

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La analogía tiembla un poco porque el concierto tiene un espectáculo central, una actuación de alguien en un escenario. Pero más allá de esa centralidad, todo el espacio en el que sucede sigue siendo un lugar de libre movimiento y disfrute.

Puedes atrincherarte en la barra para beber o buscar un espacio donde bailar o mirar en silencio o ligar, cantar, comer, drogarte o sentarte.

Si alguien habla delante tuyo, nada te impide moverte a otro lugar. Si el sonido en un sitio no te gusta, eres libre de moverte hacia otro. Si no te gusta tu ángulo, puedes elegir otro. Si el hay mucha gente y te cuesta deambular, usa técnicas de comunicación verbal como decir “perdón” y moverte. Es un concierto, no una mezquita talibán durante la oración: seguramente te dejen pasar sin muchos problemas.

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Pero sobre todo, lo que me inquieta de todo este afán por constreñir los conciertos a algo reglado y encorsetado es que en mi paranoia veo aparecer a la oscura mano de la mitomanía pre-internet.

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Todos sabemos que la música en directo es el último reducto de la industria musical del siglo pasado y que por lo tanto, tendría sentido que en los conciertos existiesen las mismas fuerzas que animan a la gente a comprar vinilos sobrevalorados, es decir, mitomanía, sectarismo, absoluta ausencia de crítica y una incómoda simpatía por la disciplina.

Las colecciones de discos físicos a menudo están ordenadas pulcramente, alfabéticamente, o por año, bien cuidadas; poner un disco supone un ritual de gestos disciplinados que siguen un orden preciso e inalterable.

Por lo tanto, se somete al concierto a la misma lógica con la que operaba la industria musical de antaño: tiene que ser un espacio ritual, disciplinado y que siga un orden preciso. Se llega prontito a la sala, se consume [BEBIDA_DE_ELECCIÓN], se comentan algunas breves novedades con amigos o conocidos mientras se espera a que empiece el concierto, aparecen los músicos, se aplaude, te callas, tocan, se aplaude, saludan, de vuelta a casa.

Esa es la idea que se persigue de forma (in)consciente en todos los decálogos del buen comportamiento en concierto.

Pero por qué dejarlo aquí pudiendo sacar una conclusión grandilocuente y arriesgada:

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Esta actitud refleja una forma de entender el poder y la información anacrónica: pre-internet.

Es esa jerarquización de la información completamente carente de interacción o relación entre espectáculo y público. Como un periódico del siglo XIX que publica algo ante la pasividad del público lector (que sólo podría contestar mediante el mismo canal que, oportunamente, no controla), el concierto español que se intenta fomentar en el siglo XXI es igualmente carente de reciprocidad.

Quien dé el concierto no tiene ningún tipo de interacción con el público más allá de preguntas retóricas o saludos manidos, y cuando realmente deciden interactuar con los humanos que tienen delante, a menudo es para recriminar algún tipo de actitud.

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Es un reflejo del antiguo orden mundial cuando los medios de producción narrativos o de entretenimiento estaban en manos de una minoría y el público quedaba relegado al papel de espectador pasivo y consumidor.

El nuevo siglo ha cambiado esto y estos mismos medios de producción son más difusos y se han visto democratizados en buena parte de Occidente y el hemisferio norte.

Existen cientos de miles de artículos en los que se describe como el antagonismo productor-consumidor ha desaparecido y seguro que en Buzzfeed hay varias listas que explican como hoy en día se es creador y cliente a la vez. Nuestra relación con Facebook, Twitter y cualquier otra plataforma digital con acceso a nuestros datos se basa precisamente en eso: en nuestra duplicidad como creador y producto a la vez.

Por lo tanto, es necesario que el espectáculo musical de esta nueva era refleje esas nuevas relaciones sociales.

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Grabar los conciertos o hacer fotos es el principio de esto, es intentar crear algo de un evento al que se asiste como consumidor. Estoy convencido de que si en vez de hacer las fotos con el móvil se hiciesen con una cámara analógica, el tecleador de decálogos de buena educación quedaría mucho más tranquilo.

Así que aquí es donde entra el minuto que os he pedido antes de vuestras apretadas agendas: la música en directo ha sido un acto fundamental del desarrollo social y cultural de infinidad de sociedades a lo largo de siglos, depende de nosotros dotarle de una nueva fórmula/naturaleza que lo renueve y lo adapte a nuevas generaciones.

Sino, con el advenimiento de la realidad virtual y el 3D, no me sorprendería que los conciertos tal y como los conocemos hoy, desaparezcan en unas décadas. La música en directo, como el lenguaje, tiene que seguir a la sociedad, y no al revés.

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