STRANGER THINGS: HUYENDO DE TODO

Nuestras vidas están llenas de contradicciones, muchas de ellas imposibles de resolver. La contradicción se castiga como una especie de traición, asi que saber que somos fundamentalmente e inexcusablemente contradictorios nos genera un poco de ansiedad. Es incómodo y es algo en lo que nos gustaría no tener que pensar.

Esas contradicciones son fisuras bastante profundas en nuestro orden social, económico y político, por lo tanto no se pueden resolver sino que se ocultan; se camuflan y se esconden hasta que podamos vivir sin pensar en ellas.

Una forma de esconder es absolver al individuo de responsabilidades. Los problemas desaparecen si dejan de ser tu responsabilidad.

Stranger Things es una serie de Netflix ambientada en 1983. El mayor atractivo de la serie es su estética ochentera y su fuerte componente nostálgico: cada plano, decorado, personaje, hilo argumental están diseñados para evocar clásicos de los 80.

Stranger Things, como el cine de los 80 que canaliza, construye al espectador como a un niño. Más bien, como a un adulto infantil.

El éxito de la serie está inextricablemente ligado a la infancia y su glorificación. El público recibe placer al imaginarse niño otra vez. Revela un deseo de regresión por parte del público adulto a la infancia.

Al ser una serie para adultos infantiles se consume sobre dos planos: mientras que el niño disfruta y acepta la fantasía, el adulto infantil lo hace y lo niega. Es decir, disfruta y acepta la fantasía pero a la vez es capaz de rechazarlo todo como “puro entretenimiento”.

El adulto infantil consume Stranger Things con cierta ironía, a la vez perfectamente sumergido en su ilusión pero con la escapatoria de poder aseverar con superioridad que se trata “de una serie entretenida y nada más”.

El adulto infantil quiere escapismo pero reteniendo sus aires de superioridad. El consumo ‘irónico’ como delata su definición de la RAE implica un deseo por ser ‘fino’, sofisticado. Puede que el espectador de Stranger Things lo disfrute y reconozca su banalidad, pero seguro que admira su “originalidad” o “imaginación”. El problema es que la imaginación es un esfuerzo por comprender y transformar la realidad, mientras que lo que promueve Stranger Things es un retorno a la seguridad del antiguo orden.

Stranger Things, por su evocación y glorificación de una década tan reaccionaria y conflictiva como los 80, busca evadir las críticas de la forma más abrupta posible: se posiciona ante el público como “puro entretenimiento”, una fantasía que no debe ser tomada en serio. Hace al público partícipe de esto y lo lleva hasta el extremo en el que criticar o analizar Stranger Things parece estúpido: “pero si es solo fantasía, como te lo puedes tomar en serio”.

Tanto en Stranger Things como en su público impera el mismo deseo: evadir responsabilidades.

Si en los años 80 la amenaza nuclear pesaba sobre las mentes de Occidente, hoy en día se teme a la destrucción de la tierra por nuestros propios medios, el terrorismo, la violencia racial, inestabilidad política y la descomposición de la familia nuclear y del orden tradicional. El Guardian llegó a nombrar al verano del 2016 como “the summer of shit“.

Asi que no es sorprendente que Stranger Things se estrene este verano y ofrezca esencialmente confort: construye al espectador como a un niño y al hacerlo, lo absuelve de toda responsabilidad, de toda necesidad de tomar decisiones, de pensar.

Stranger Things te muestra peligros, riesgo, sustos, pero te agarra de la mano y te guía de vuelta a casa. En Stranger Things el mundo burgués tradicional de los suburbios se redime como la mejor opción posible (la alternativa es una dimensión idéntica y paralela pero mucho más tenebrosa y violenta). La serie pone a todo el mundo en su sitio: las figuras paternas son redimidas, el hombre joven heterosexual acaba con la ‘mujer buena’ para asegurar la continuidad del orden social, el único negro de la serie cesa en su rebeldía y vuelve a su puesto como personaje secundario dependiente del prota blanco, y las mujeres vuelven a casa. El adulto infantil queda reconfortado.

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El éxito de Stranger Things depende exclusivamente del deseo de los adultos por evadir responsabilidades: Stranger Things ejemplifica la cobardía que impera en buena parte de la población que vivió su infancia en los 80.

Se usa la nostalgia para proyectar los sentimientos secretamente más reaccionarios en el pasado, en los 80, en una época en la que todavía eran aceptables. Es aceptable tener una cosmovisión perfectamente absolutista, semi-fascista y opresora en 1983 porque “eran otros tiempos”. La trampa es que la serie es del 2016.

La promesa que hace esta serie de un mundo en el que el individuo es absuelto de responsabilidades, solo se cumple si éstas recaen sobre una figura paterna (aunque no necesariamente masculina), fuerte y autoritaria.

Asi que cuando en el futuro se estudie el auge de la derecha mundial en el siglo XXI, no habrá más que mirar a la pantalla.

Grasias Stranger Things.


Este artículo es básicamente un plagio de un capítulo que escribió Robin Wood en 2003 en su libro Hollywood from Vietnam to Reagan… and Beyond

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10 comentarios en “STRANGER THINGS: HUYENDO DE TODO

  1. Bueno, pero al final es lo mismo que Cuéntame en los 2000s con la nostalgia de los 60 españoles, The Wonder Years en primeros 90 con la nostalgia de los 60s de USA, That 70s Show en los primeros 00s con la nostalgia de los 70, Happy Days en los 70 homenajeando a los 50… Lo mismo pa otra generación.

  2. Ha faltado la palabra “heteropatriarcado” y alguna referencia a los refugiados. Sin eso, no se si el post es en serio o en tono irónico.

  3. Me alegra ver que aún existen artículos como éste en el pobre panorama internáutico. Textos que anteponen el análisis a la crítica, que huyen de reduccionismos, que entienden los contextos e interacciones que tienen lugar en el mundo en que vivimos. Artículos que no son sólo opinión o argumento, sino fundamento, hipótesis, ideología.

    Espero seguir leyendo cosas así. Hasta entonces, sólo me queda daros las gracias por las que habéis escrito hasta ahora.

  4. “La serie pone a todo el mundo en su sitio: las figuras paternas son redimidas, el hombre joven heterosexual acaba con la ‘mujer buena’ para asegurar la continuidad del orden social, el único negro de la serie cesa en su rebeldía y vuelve a su puesto como personaje secundario dependiente del prota blanco, y las mujeres vuelven a casa. El adulto infantil queda reconfortado.”

    Bien repitiendo los preceptos de “estos tiempos”, algunos incluso refutados y otros que ni lo merecen, buen trabajo.

  5. Nací en el 89, y entre las películas que no he visto nunca están E.T., Los Goonies, Los Cazafantasmas, Encuentros en la tercera fase, Alien, Dentro del laberinto, o cualquiera de John Hughes, que entiendo que son algunas de las que refiere la serie. Sí he visto alguna como La cosa de Carpenter o Cariño, he encogido a los niños, pero en general entiendo que los 80 son otra cosa: una época bastante dramática para el cine, a la espera de la revolución de Internet, en la que Wenders, Marker o Godard admiraban el fantástico caos que provocaba el desarrollo del video y, en suma, un cambio todavía imposible de valorar en los modelos de la de la producción y de la distribución, de la intimidad y de la distancia entre el hecho y su reproducción. La muerte del cine, que vista desde hoy fue algo estupendo, no tiene nada que ver con el desesperado llamado a la imaginación del cine comercial americano, que sentía en el final de la historia del cine también el final de una época política, sentimental y estética. Una época trágica, pero la época del cine. En su representación de la adolescencia está todo ese deseo de impedir el cambio, pero la adolescencia nunca ha sido como la que contaban las películas de los 80, o como la que cuenta Stranger Things, y la recuperación de las ilusiones de la niñez no se produce, porque no tiene sentido que se produzca. “Recuperar al niño que hay en nosotros” es una frase hecha que podría ser equivalente a “recuperar el geocentrista que hay en cada heliocentrista”. Dicho esto, dándole una nula credibilidad a lo que defiende, no me ha parecido mal Stranger Things, precisamente porque nos enseña que el verdadero cine, por suerte, no va a volver hagamos lo que hagamos. Es una serie que controla casi asquerosamente bien el espacio-tiempo cinematográfico (como buen producto de su tiempo), pero que fracasa estrepitósamente cuando intenta controlar el espacio-tiempo exterior al cine, el nuestro.

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