LARGA VIDA AL VINILO DE SUPERMERCADO

Recientemente, varios supermercados de UK rollo Lidl, Tesco, Sainsburys o Aldi, anunciaron que van a vender vinilos y tocadiscos a precios competitivos (entre 30 y 50 libras).

En la página This is Underground, Frankie Pizá, respetado tecleador de piensa-piezas, publicó un artículo lamentando esta novedad.

El artículo, titulado “Proteger nuestra (bio)diversidad musical” se basa en esta premisa:

Los supermercados y grandes superficies son los últimos en apuntarse a la tendencia de vender vinilo y tocadiscos; como ya han hecho con el pequeño comercio y los alimentos locales, amenazan la diversidad y posibilidades de cualquier propuesta independiente.

En YV tenemos una visión completamente opuesta a la de TIU y pensamos que empezar a vender vinilos en el super es una noticia magnífica.

En su artículo, Frankie dice que

Consumir vinilo es un acto político: trata de conservar una historia y una liturgia (…) pero también favorecer el comercio local e independiente, como el que compra pan en una panadería de barrio o sigue encargando los tomates a un pequeño establecimiento.

Ese párrafo es esencialmente ‘folk politics‘ condensado en una frase. ‘Folk politics‘ es como los escritores ingleses Nick Srnicek y Alex Williams llaman a la izquierda contemporánea que se ha quedado atrás.

Según su definición, esta paleo-izquieda es aquella que “elige las familiaridades del pasado sobre las incertidumbres del futuro, lo pequeño sobre lo grande, y que tiende a retirarse en vez de construir una amplia contrahegemonía“.

Frankie asume que, por definición, el comercio local es ‘mejor’ que el comercio transnacional o corporativo. Es una retirada del mundo capitalista global e interconectado a un mundo ‘más pequeño’, ‘más humano’, más manejable.

Centrarse en ‘lo pequeño y local’ sobre lo grande y transnacional es esencialmente una retirada, una capitulación frente al mundo tal y como lo conocemos; una negativa a intentar cambiar el funcionamiento de la sociedad y arroparnos en tiendas orgánicas de barrio.

Ante el avance de la tecnología y el capital mundial, es tentador hacerse bola en el suelo y llorar. Ante las malas noticias siempre hay un instinto primal de huir; escapar a un mundo pequeño o de fantasía, a alguna especie de sucedáneo del vientre materno, donde pensar que estamos a salvo y todo saldrá bien.

En un mundo tan pequeño y cerrado como el coleccionismo de vinilos, donde la escasez de unidades era precisamente lo que hacía lucrativo el tráfico de LPs, cualquier irrupción del exterior se ve con desconfianza.

Frankie teme que los vinilos se los apropien los grandes supermercados y eso suponga que solo se manufacturen vinilos de One Direction o los grupos del momento. Que el vinilo vea reducido su espectro de estilos y solo se comercialicen los éxitos garantizados. Además, esto supondría la desaparición de las pequeñas tiendas. (Ignora por completo que eso ya está pasando desde mucho antes de que algún ejecutivo de Sainsburys pronunciase la palabra ‘vinilo’).

Como contraposición, Frankie asume que las ‘tiendas locales’ garantizan la diversidad. Da por hecho algo que es mentira: las tiendas locales no tienden a la diversidad sino a la especialización. Una tienda local a menudo se centra en un género sobre otro y a no ser que haya varias tiendas en tu ciudad, lo más probable es que tengas muchos vinilos de electrónica pero pocos de hip-hop, o de pop, o viceversa.

O simplemente asume que en la tienda local encontrarás una rica oferta y/o todo lo que estés buscando, como si el dueño de la tienda y sus distribuidores sean semidioses omnipotentes con afilado e impecable sentido del gusto y una certera lectura del pulso cultural contemporáneo. Por desgracia todos hemos comprobado en algún momento u otro que eso no es del todo verdad, y que después de pasar una hora en una tienda de discos, no hay nada que te llevarías a casa.

Personalmente soy optimista porque la entrada del capitalismo en cotos privados de comodidades a menudo las democratiza y sobre todo, porque soy un ciego creyente en la tendencia autodestructiva del capitalismo que acaba haciendo gratuito aquello que vende.

Es decir, la proliferación de vinilos vía supermercados puede suponer un mayor interés y mercado; la compra-venta de vinilos dejará de ser el coto particular de hombres introvertidos de mediada edad (curiosamente la misma demográfica que votó por Brexit o a Trump), y se abrirá a nuevos sectores de la población.

Con un renovado interés por los vinilos, el capitalismo hará su magia y se empezará a aplicar la tecnología a formas de abaratar costes de producción.

Con mayor demanda, los precios de venta bajarán; las inversiones en tecnología que optimice el proceso de producción serán rentables y la impresión de vinilos más accesible.

Por lo tanto, no es descabellado pensar que lo que empezó con vinilos de Dr. Dre en Urban Outfitters pueda desembocar en impresoras 3D que manufacturen vinilos en nuestros dormitorios: que los artistas puedan imprimir y vender sus propios vinilos, sin necesidad de pasar por la fábrica o el supermercado.

***

Cuando las cosas se ponen peludas, es tentador huir. Es una reacción lógica y natural, un instinto que nos anima a dejarlo todo y desentendernos.

Pero esa es una reacción infantil. Ante los desafíos de un mundo cambiante hay que idear formas de guiar ese progreso a los fines que nos convengan; en vez de resistir ‘contra el mundo moderno’ como propone el fascismo español e internacional, hay que abrazarlo, acelerarlo y guiarlo en la dirección que nos prometa comodidades baratas, autonomía, libertad, bienestar y el derecho a buscar la felicidad tal y como creamos conveniente.

Es hora de dejar de reaccionar ante noticias terribles y tomar la iniciativa. Es el momento de dejar de huir y empezar a idear formas de avanzar. Es hora de abandonar las familiaridades del pasado y el dogmatismo de la izquierda resistente, y empezar a despejar las incógnitas del futuro.

Larga vida a los vinilos de supermercado

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