LOS FESTIVALES DE VERANO, ESE RETROCESO

Es probable que hayas leído por ahí artículos o visto vídeos donde peña habla de “festivales” como una vaina hiper cool, hiper moderna, muy de ahora. Si has tenido muy mala suerte en la vida, a lo mejor has escuchado a algún imbécil emitir en voz alta el juicio: “ya lo que molan no son los CDs sino los festivales” o algo así sórdido.

Pues bien, todo mentira. Los festivales hieden a viejo.

Con la Crisis del 2008, la economía mundial se encuentra en una huida hacia una especie de capitalismo decimonónico rollo Charles Dickens pero con toda la tecnificación contemporánea. Una especie de capitalismo-Instagram o capitalismo vintage, como prefiráis.

Un pilar de este capitalismo vintage, como las economías de hace dos siglos, es la labor gratuita; ya fuese de esclavos, siervos o deudores. Como todo eso suena feo en el 2017, ahora se paga con ‘experiencia’ a ‘becarios’ o ‘stagiers’. Hace unos meses, el notas de Jordi Cruz Masterchef dijo que tenía un puñado de becarios en su cocina trabajando sin cobrar porque el privilegio de ‘aprender’ es suficiente. El caso de Jordi Cruz como todos sabemos está perfectamente extendido por todo Occidente, ya ni siquiera es un pedo propio español, y es una teoría que se creen tanto los empleadores como desgraciadamente, muchos becarios.

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hasta tu mascota se está catando

El tópico es que la experiencia es ‘impagable’ y por lo tanto, más valiosa que el dinero. Cobrar en experiencia > cobrar en dineros. Pero por qué es ‘impagable’ la experiencia? Por qué es un concepto tan nebuloso, abstracto y preciado que trasciende a algo tan vulgar y material como es el dinero?

La experiencia no tiene vínculo al dinero porque es posiblemente el recurso más abundante que posees. Literalmente cada fracción de segundo que pases con vida es una experiencia. Es tan abrumadamente abundante que no tiene ningún valor.

Cuando Jordi Cruz y esta gente se refiere a la ‘experiencia’, lo que quieren decir realmente es acceso. Lo que te proporcionan a cambio de tu labor es acceso a un lugar de trabajo; al mercado laboral. En vez de estar fuera, mirando a través del escaparate o sentado en tu sofá, a los becarios se les permite acceder al interior del edificio y de la empresa.

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El cobro por el acceso es un tipo de capitalismo primitivo casi medieval. Como cuando solo había un puente que cruzaba el río y el noble local le cobraba unos huevos de gallina al campesino que tenía que cruzar para ir a trabajar.

Pero apliquemos esta vaina a lo que nos interesa, que es la música y más específicamente, los festivales y’all!!11!!1

Los #festivalitos están en pleno boom mundial. Cada verano miles de personas se van a algún festival y durante el año nuestros feeds son bombardeados con carteles, fotos, vídeos y noticias sobre [FESTIVAL_GRANDE].

Prueba de este boom es que, según la web eFestivals, el número de festivales solo en Reino Unido pasó de 496 en 2007 a 1070 en 2015.

Esta primavera, el festival que ha saturado nuestros timelines ha sido el hilarante Fyre Festival y su colapso civilizatorio como una especie de mini imperio romano que se derrumba en una noche y cae en la oscuridad del barbarismo.

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éxito

Realmente el Fyre Festival es uno más; noticia por su fracaso estrepitoso y por llevar la lógica festivalera que prima en el 2017 hasta sus más absurdas consecuencias. Y cual es esa lógica me preguntaréis? El capitalismo vintage; primitivo y burdo.

El Festival es un retroceso en la evolución entrelazada de capitalismo y música. Antiguamente, en el puñetero medievo y capitalismo anterior al siglo XIX, la forma de pagar por sonidos era contratando y pagando a un intérprete. La forma de hacer dinero era cobrando por el acceso a la música, que era en directo.

En el siglo XIX y XX empieza a cambiar con la invención de la música grabada que anuncia el capitalismo de producción en masa y el Fordismo. Al pagar por una grabación, tu acceso a esa pieza en particular podía ser ilimitado: el pago no era por acceso sino la compra de una comodidad.

Pero con la crisis de la piratería y del 2008 hemos ido patrás. Hemos retrocedido al sistema primitivo de pagar por acceso, por la increíble experiencia de la música en directo: por festivales.

Volvamos a Fyre. En medio del colapso del festival se filtraron todo tipo de documentos internos, desde apuntes de un bloc de notas de un organizador, a las slides del PowerPoint que enseñaban a futuros inversores.

En una de las diapositivas la peñita de Fyre define su #visión: “traverse the globe to find untouched lands and convert them into unparalleled experiences”.

Es una frase bastante hilarante porque parece que están parafraseando a Cecil Rhodes o el rey Leopoldo de Bélgica.

Básicamente la visión de Fyre consiste en recorrer las ‘tierras vírgenes’ del planeta, es decir, el tercer mundo, y ‘convertirlas en experiencias’, es decir, extraer beneficios de ellas.

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powerpoint de Fyre

Es una lógica que parece sacada de la conferencia de Berlín de 1885: adentrarse en las oscuridades de territorios sin civilizar y explotarlos.

#Fyre se hizo viral no solo por su fracaso sino por lo lejos que llevaba la extracción de beneficios de la idea de acceso. Su ‘visión’ neocolonial se basaba en cobrar por acceso a la música y a un público exclusivo, a una élite #trendsetter con la que poder #netwerkear. Acceso elevado al cuadrado. Acceso².

El pedo con los festivales es que suponen un retroceso. Hasta ahí te podrá dar más o menos igual: por irte a mamar al Sonar o a la mierda que toque no sientes que estás arrastrando a la civilización occidental contigo ni que estás esclavizando a unos isleños de la Bahamas. Y es verdat, es un proceso lento y podrido.

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Es un retroceso que irá absorbiendo todo lo que le rodea; una especie de agujero negro que por ahora ya ha empezado a succionar a todos los #medios_digitales con más de 5 followers, encargándoles contenido patrocinado, colaboraciones y separándolos del lector y arrimándolos a los intereses de una serie de marcas efímeras. No se si queda algún medio profesional digital que no tenga una colaboración con un festival.

Por otra parte, la experiencia se monetizará en forma de #data que extraer, refinar, empaquetar y vender. Ya existen empresas en Estados Unidos que gracias a las pulseras del festival monitorean tu presencia: donde estás, a quién ves, durante cuánto, etc., creando festivales en el futuro más eficientes, en los cuales se confeccionarán los carteles con una precisión científica; aislando a los artistas que traen pérdidas y pujando por los nombres que mayores beneficios creen.

Los carteles se amoldarán al público y buscarán complacer.

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Los festivales se enmarcarán en esa dinámica auto-caníbal que ya produce Spotify: todas las novedades que se te presentan serán en función de lo que “ya te gustó” o “ya escuchaste”. El oyente se verá encerrado en un bucle hermético basado en tus acciones pasadas: la puerta a la novedad estará firmemente cerrada.

La hiper-monetización del festival vendrá con un lógico e inherente instinto conservador.

Por lo tanto, un festival con ambiciones ‘vanguardistas’ será prácticamente imposible. Si, como escribía Alicia Álvarez de Beatburguer (en la web especial que hicieron en colaboración con el Sónar), “el arte DEBE basarse en la provocación, en la intranquilidad, en el caos [y] en lo inesperado”, es probable que en el futuro no se encuentre en los festivales sino en otros lugares.

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